La curiosidad venía de mucho antes.
Desde niña, mi papá fue quien me abrió la puerta al mundo artístico. Dibujábamos, conversábamos sobre libros, arte y museos. Alentaba mis caprichos de colores, cuadros e ideas, y me invitaba a confiar en aquello que me daba alegría.
Cuando él murió, yo tenía veinticuatro años. En medio de esa pérdida apareció una necesidad muy fuerte de encontrarme: preguntarme qué quería hacer con el resto de mi vida y cómo quería habitar mis días. Llegar a un taller de cerámica fue primero una forma de seguir mi curiosidad; con el tiempo, se convirtió en un camino para volver a mí.
Hacer una pieza también fue construir un oficio.
Cada técnica aprendida, cada problema resuelto y cada forma que cambiaba en las manos y en el horno confirmaban que quería dedicarme a producir algo propio. No solo quería hacer objetos: quería construir un oficio y un espacio desde el cual compartirlo.
Durante mi formación encontré a dos maestras cuya generosidad transformó mi idea de lo que podía ser un taller: no un lugar donde se guarda el saber, sino uno donde se transmite, se conversa y se multiplica.
Por eso este taller existe.
Pepes es un espacio para llegar a crear, aprender al propio ritmo, resolver dudas, mirar con atención y descubrir nuevas posibilidades. Aquí hay lugar para la curiosidad, el error, la práctica y la alegría de construir algo con las propias manos.
Compartir la cerámica es compartir creatividad, oficio y presencia. Todo el camino recorrido me trajo hasta aquí: a abrir un taller donde más personas puedan encontrar, como yo, una forma de crear y de encontrarse.